domingo, 12 de septiembre de 2010

Shalalalalá

I

En sus desesperada búsqueda de legitimidad, el gobierno panista ha caído en desproporciones y excesos inconmensurables. Dejando aparte los aumentos exponenciales de la violencia social, de la pobreza extrema, del desempleo, de la disminución del poder adquisitivo de los salarios, de la cruenta represión a los trabajadores, en especial aquellos que no se inclinan ante los poderes fácticos, de la concentración de la riqueza en unas cuantas manos, del saqueo inmisericorde de los recursos naturales de la nación, y de la explotación sistemática de una mano de obra barata y desechable, dejando aparte todo esto, decía, nos referimos aquí a los “festejos” del Bicentenario y del Centenario, que tanto ocupan a la población mexicana en este momento. No importa el secuestro del sistema educativo por parte de una mafia sindical que intercambia favores cuestionables con el poder ejecutivo. No importa tampoco el escandaloso deterioro educativo que sufren nuestros niños, jóvenes y población en general. Lo que importa es festejar a toda costa y cueste lo que cueste. Ocultar una realidad substancial, vacía de contenido, con la extravagante apariencia de felicidad y satisfacción. La fiesta de los winners que se regodean en su mundo privado de complicidades perversas, en su ambiente globalizado tipo American Way of Life, y bendecidos por una Jerarquía Católica que, a través de la Historia, se ha caracterizado por prostituirse sistemáticamente ante los poderes políticos y económicos. El festejo de una supuesta “independencia”, en un país que no produce sus alimentos, que depende de las calificadoras financieras internacionales y que se derrumba cada vez que ocurre una de las crisis recurrentes de las bolsas de Nueva York y Londres.

También festejan el inicio de una Revolución que, en los hechos, niegan implícita y explícitamente. Cuando De la Madrid Hurtado cancela el período revolucionario, rindiéndose a las exigencias del capital trasnacional y poniendo las bases del NAFTA, comienza el cínico y nefasto ascenso al poder, evidente y público, de aquellos contra quienes se peleó en la Revolución. Por tanto, sus expresiones de fiesta no son por la Revolución en sí, sino porque al fin han logrado liquidarla, y en este ambiente, es de “buen gusto” descalificarla, mostrándola como un período de desestabilización, como una lucha entre bandoleros, en fin: como La Bola. Y descalifican, al mismo tiempo, sus logros: Reforma Agraria, derechos sindicales, la educación obligatoria y laica impartida por el Estado, el Seguro Social, la Nacionalización Petrolera, etcétera.

Y se les olvida, o nunca se enteraron, que en el ámbito cultural, México adquirió por primera vez en su existencia, una personalidad propia que antes se le había negado. Exceptuando acaso los aportes de la luminosa generación de la Reforma, la cultura mexicana permanecía siempre detrás de los pasos de la cultura europea, en todos los casos particulares. Sin embargo, la Revolución Mexicana produce, por primera vez, una expresión cultural y artística a la que se puede llamar “mexicana” en-sí y para-sí. Surge una pléyade de artistas, en todas las áreas estéticas, quienes, a partir de la esencia nacional, encuentran los elementos que marcarán las diferencias entre lo mexicano y lo demás. Diego Rivera traslada la técnica del fresco renacentista italiano al ámbito nacional y le da una nueva significación, originando el gran movimiento del Muralismo Mexicano, que tanto realce le dio al país en el mundo. Lo mismo sucede en la literatura, en la música, en la arquitectura: en todas las artes.

Pero hoy, se da la irónica casualidad de que en el año 2010 corresponde a un gobierno abiertamente conservador, herederos de de aquellos supuestamente derrotados por los movimientos de 1810 y 1910, un gobierno neo-cristero, al servicio de las oligarquías nativas y del capital internacional, violentamente anti-popular y ¿Por qué no decirlo? Anti-social. Y ante el compromiso histórico de tan magnas conmemoraciones, a los miembros de la cúpula gubernamental no les nace decir otra cosa más que “Shalalalalá”.

II

Shalalalalá es lo único que se le ocurre a un pseudo poeta, célebre por ser la víctima del robo de un bistec y miembro distinguido de la Chilanga Banda. Contratado por un cuate, quien a su vez es cuate de Lujambio, en este tenebroso cenáculo de complicidades y amiguismos propios del sistema político mexicano, acentuadas por la tendencia elitista, excluyente y exclusivista de sus perversos participantes panistas, ante las críticas vertidas ante su “creación poética”, Jaime López espetó que: “Los pueblos tienen la música que se merecen”, pero esto no le impidió cobrar un cheque expedido a partir del dinero pagado por el erario, es decir, por el pueblo al que tanto desprecia. López olvida, desconoce o ignora el significado profundo que esta conmemoración tiene para el pueblo mexicano, y se imagina que tal significado es el de la simple fiesta, el pretexto para el reventón, la peda y el desmadre, a las que, seguramente, López está acostumbrado por sus correrías con la Chilanga Banda. Por eso, la culminación extática y sublime de su futuro milenario es acudir al Zócalo (o la plaza) para echar desmadre. Su discurso, tan carente de substancia, de objetividad y significado, se termina aún antes de comenzar, y deviene en un expresivo, profundo y filosófico “shalalalalá” que sirve de relleno a los compases disponibles en la música de Alek Syntex.

Por su parte, Syntex es un artista proveniente de la cultura Televisa (la que tanto ha servido para distorsionar y envilecer la idea de mexicanidad). Pero Syntex es inocente. Al ser educado en el ámbito de la industria y tan lejos del México profundo y milenario, comenzando su carrera como actor de “Chiquilladas”, estaba ya, de inicio, condenado a una gran limitación cultural, circunscrito a los paradigmas ideológicos de los Azcárraga y de la clase social que éstos representan. Alek Syntex es un destacado artista del ambiente Pop nacional e internacional, su carrera ha estado salpicada de éxitos, y su trabajo destaca por una gran calidad en lo que en la industria del disco se denomina como “producción”: arreglo, diseño de sonidos, interpretación, grabación, mezcla, etcétera, o sea que, por “producción” nos referimos a técnicas y a procesos artesanales. En este sentido, El Futuro Milenario es impecable, su producción encaja perfectamente dentro de las normas aceptadas en la industria, y se puede decir que es buena. No le pide nada a ninguna producción internacional del género pop.

Pero, dentro del ambiente de excelencia industrial, es decir, bajo la espectacular apariencia, plena de luces de neón y fuegos pirotécnicos, la substancia brilla por su ausencia. La maestría ejercida por Syntex en el terreno popero contrasta con su ignorancia de lo que podríamos definir como “mexicanidad”, es decir, desconoce el fondo y la profundidad de lo que conforma la Cultura Mexicana en todas sus facetas, al contrario de lo que sucedía con los artistas revolucionarios. Esta falta de esencia, aunada a la vulgaridad del texto de López, deviene en un producto que explica su unánime rechazo por parte de la sociedad mexicana, ocasionando la huída de Syntex de la comunidad de Twitter.

El ambiente de Futuro Milenario se sitúa en un ámbito popero, pleno de sintetizadores y samplers humedecidos con reverberaciones digitales y delays ecualizados convenientemente, y en donde destaca la voz de Alek, con su característico timbre y estilo, más propio de las estaciones de radio de Televisa y del gusto de los disc-jokeys de los antros, que de un himno conmemorativo de tan augusta ocasión. De este ambiente exquisitamente digital surgen tímidamente un violín y una vihuela “como si” se tratase de un patético mariachi sumergido en este caos. La fallida mimesis pseudo mariachera se complementa con un ritmo en 6/8, con hemiolas, “como si” de un son o huapango se tratase. Unos tímidos y pálidos grititos (“como si” fuesen mariachis) complementan este patético panaché.

No cabe duda: les quedó bastante grande el paquete a Alek Syntex y a Jaime López, a uno por ingénuo, al otro por oportunista. Tanto tiempo, esfuerzo y dinero no hicieron más que incorporar la palabra “shalalalalá” al repertorio del oprobio, del ridículo y la chacota.

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